Óscar Roldán y Catalina Toro visitaron  la Base Chocó. Roldán reflexionó sobre el consumo irracional del mercado del arte, a través de acciones y manifiestos que han generado controversia en un contexto que suele encerrarse a sí mismo frente al desmedro de las sociedades contemporáneas.

Las fotografías análogas en blanco y negro de Catalina Toro muestran el dramático cambio del nivel de la marea frente a la Base Chocó como una metáfora del cambio climático.

El texto Crecer o decrecer, he aquí la cuestión fue publicado en el libro Better Than (Mejor que) e ilustrado por las fotografías de Catalina Toro.

 

Crecer o decrecer, he aquí la cuestión…

Por Oscar Roldan-Alzate

“…vanitas vanitatum, et omnia vanitas.
Quid habet amplius homo de universo labore suo quo laborat sub sole?
Generatio præterit, et generatio advenit; terra autem in æternum stat.”[1]
Ecclesiastes

 

En el año 1987, la artista estadounidense Barbara Kruger irrumpió en el mundo del arte con una pieza gráfica con la que elevaba un cuestionamiento fuerte a la sociedad contemporánea, específicamente al consumo desbordado. La obra, una foto-serigrafía impresa sobre vinilo, elaborada con un lenguaje derivado del arte Pop —tal vez la última vanguardia artística que hizo carrera desde los años cincuenta, poniendo en la palestra pública las dinámicas del floreciente mercado y de la vida superflua—, se exhibió por primera vez, justo en el centro del capitalismo. En la obra aparecía la mano derecha de una persona que, entre sus dedos cordial y pulgar sostenía una pequeña carta blanca del tamaño característico de las tarjetas personales de negocioso de una tarjeta de crédito. Con letras rojas, el pedazo de papel representado tenía inscrito el texto: I shop therefore I am (Compro, luego existo). La frase, que evidentemente parodiaba la máxima del racionalismo occidental Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo), izada por René Descartes desde el siglo XVII, rápidamente marcó un precedente para referir la crítica que desde el arte se podía formular a la paradoja del mercado, de la cual, incluso su mismo sistema cultural está preso.

Con una enfatizada marca conceptualista, Kruger, quien se ha caracterizado por trabajar desde los años setenta con ideas atravesadas por los fundamentos de las subalternidades[2], con especial ahínco en el feminismo, proponía con esta pieza un nuevo quiebre, un comunicado que terminaría por decretarse como una premisa del consumismo neoliberal. Lo interesante es que se dio en contraposición a la frase que había generalizado los antecedentes del racionalismo, un movimiento que, según la historiografía, dio a su vez origen a la filosofía moderna y, en consecuencia, y un siglo después, sirvió para que la Ilustración francesa se explayara sobre todos los ámbitos de la vida, incluso sobre las relaciones del mercado.

De esta manera, el trabajo de Kruger daría forma a algo que muchos sentían en el ambiente, pero pocos acertaban nombrar; estaba decretando, desde el arte y sin tapujos, que somos individuos si, y solo si, consumimos, un precepto que al parecer domina la sociedad contemporánea desde hace un buen tiempo y lamentablemente lo seguirá haciendo por mucho más, salvo que algo extraordinario suceda.

Las dos frases, en su momento, y cada una en su contexto, fueron ciertamente desconcertantes, pero a la vez esclarecedoras. La relación de ambas es particular y alternada: la última llama de nuestra memoria a la primera, incluso sin que sepamos su origen, pues en algún momento la debimos haber escuchado; al tenerlas en la mente no es posible dejar de entretejerlas en juegos de palabras que terminan por multiplicar los sentidos o anularlos. La primera de las oraciones habla de la razón, la segunda del deseo; en ambas es común la alusión a la existencia en una reiteración que refuerza el sentido de la pregunta ontológica por nuestro paso por este mundo. Razón, deseo y existencia son las tres palabras con las que se puede entonces armar un juego que termina por ser una suerte de recorrido.

—Pienso, luego existo; existo, luego compro; compro, luego pienso; pienso, luego compro; compro, luego existo; existo, luego pienso.

—Compro, luego existo; existo, luego pienso; pienso, luego compro; compro, luego pienso; pienso, luego existo; existo, luego compro

Estas dos series de relaciones, o de distintas conformaciones de los tres conceptos, perfilan lógicas divergentes dispuestas aquí tan solo como ejemplo de lo expuesto hasta el momento. Las posibilidades del juego se pueden ver complejizadas al extender exponencialmente las combinaciones posibles. No obstante, en los dos casos surge la eterna pregunta de ¿qué fue primero? o mejor aun, ¿qué es realmente necesario para que lo otro se dé? Al margen de lo dicho, pero sin ir muy lejos, lo que resulta claro es que son tan solo tres palabras las que dan vida a este juego y, de ellas, dos son variables, mientras que la otra es una constante, asunto no privativo de esta operación gramatical, pues tiene repercusiones concretas en la vida misma. Así, la existencia (existo) es innegable, pues determina nuestra realidad, mientras que la razón (pienso), como esencia del pensamiento, y el deseo (compro), que es el fin por satisfacer en la dinámica del consumo, son dos asuntos que varían, dependiendo del contexto donde se dé cada acción.

En este punto es necesario aclarar que toda necesidad se ve matizada por la manera con la que deseamos suplirla, mientras que no todo deseo se genera en relación con una necesidad real. Este asunto, que nos diferencia del resto de animales, es ciertamente la piedra angular de esta discusión, ya que no es ni puede ser lo mismo comprar o consumir algo con necesidad o sin ella; incluso, no podríamos entrar a comparar las necesidades básicas de los seres humanos asentados en los trópicos con las de quienes viven por fuera de ellos —asunto que explica los diversos desarrollos tecnológicos y avances de las sociedades, según las características de la geografía que habitan—; como no es lo mismo pensar sobre la existencia nuestra o la de los otros, algo que se vuelve más complejo si ampliamos la noción de esos, o eso a lo que llamamos “otros”, más allá de nuestra naturaleza humana.

Razón y deseo, Descartes y Kruger han resultado hasta este momento ser dos partes opuestas de la operación en cuestión. La noción de existencia, por su parte, además de ser la constante, es puente entre las dos orillas a que refieren estos dos continentes variables que, a su vez, llama a colación otras realidades y hace que surjan otros interrogantes como: ¿qué podemos desear y sobre qué podemos razonar?

Entre el racionalismo, como el principio por antonomasia de la incertidumbre, y consumismo, como nueva forma de ciudadanía (como se puede advertir en el pensamiento de Jean Baudrillard, a través de sus cuestionamientos al Marxismo), asoma una delgada línea de conexión, una que hasta hace muy poco se ha estado reconociendo gracias a esfuerzos ingentes de algunas personas que han ampliado la conciencia sobre lo que llamamos “otros”. Me estoy refiriendo a sujetos que, desde diversas disciplinas y con motivaciones plurales, han comenzado a indagar por la otredad de la naturaleza; es decir, la naturaleza como el “otro” que nos hace ser con su existencia.

La existencia, tanto como el medio ambiente es solo una, es constante, inamovible. Por más que queramos, y a riesgo de que suene a chiste, no va haber otro medio ambiente resguardado en algún lugar —cual media naranja— esperando a que terminemos con el que empezamos hace ya muchísimos años, en un ejercicio que no va mal, si lo vemos de esa manera. Es más, ya son muchas las teorías sobre la catástrofe venidera que describen algo similar a un Armagedón interno, uno que no llegará del universo infinito, sino más bien que se está gestando in vitro, en una suerte de inoculación de un germen representado en el crecimiento exponencial de la humanidad.

Todos los días vemos o escuchamos en las noticias que se habla de “crecimiento económico”: que unos países crecen un 5% mientras otros lo hacen en un 2%, y de otros más que se encuentran en recesión (la disminución o pérdida generalizada en la actividad económica de una nación). Que Colombia es el único país de la región que se perfila con alto crecimiento; que los vientos de paz abonan el terreno para que el crecimiento continúe gracias a la confianza que llama a nuevos inversores de otras latitudes. En fin, una cantidad de cosas que, en términos prácticos, no entendemos muy bien, pero que aun así existen, como también existe la naturaleza, de donde provienen los recursos para sostener dicho crecimiento.

Ahora bien, la pregunta pertinente que emana de lo expuesto sería entonces, ¿qué podríamos esperar de un cuerpo en continuo crecimiento, uno que jamás cesa en su apetito ni en su sed, uno que nunca termina de aumentar sus dimensiones? Si bien sobre este cuestionamiento se ha producido todo tipo de respuestas desde tendencias ideológicas de diversos calibres, se argumenta que hay otros además de nosotros (refiriéndose a otras especies) que merecen ser tenidos en cuenta, que la naturaleza es principio y fin de nuestra realidad y que ser amistosos con ella no es una necedad, es una urgencia. En este sentido, el filósofo y activista austriaco Ivan Illich expuso hacia 1973 una teoría que ha servido desde entonces de fuente y nutrimento para que los más diversos grupos y personas tocadas por el llamado del medio ambiente argumenten su accionar.

El caracol construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo una tras otra las espiras cada vez más amplias; después cesa bruscamente y comienza a enroscarse, esta vez en decrecimiento, ya que una sola espira más daría a la concha una dimensión dieciséis veces más grande, lo que en lugar de contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. Y desde entonces, cualquier aumento de su productividad serviría sólo para paliar las dificultades creadas por esta ampliación de la concha, fuera de los límites fijados por su finalidad. Pasado el punto límite de la ampliación de las espiras, los problemas del sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol sólo puede, en el mejor de los casos, seguir una progresión aritmética (Illich. 1973)

Desde las prácticas estéticas contemporáneas[3], por ejemplo, se viene trabajando aceleradamente en este sentido, con reflexiones que más son acciones, al punto de que algunos de los involucrados en estas filosofías han olvidado que venían en un vehículo llamado arte. Su carruaje, como si se tratara del Caballo de Troya, está comprometido con un cambio verdadero, uno que solo se hace posible cuando se toma partido de forma decidida y se abandona el sentido egoísta propio del arte tal como lo hemos conocido siempre, el mismo que lo hace fascinante, y a la vez peligroso. Cabe anotar que no es la primera vez que la producción artística se ve abocada a giros que la llevan a lugares insospechados. En el pasado hemos visto como diversos intereses particulares con poder hacen uso de las bondades del arte para propagar ideales non santos, al punto de romper la regla Kantiana de que el arte es una finalidad sin fin.

En contraposición a esa noción contemporánea del arte que evade la instrumentalización y mantiene el ego del creador como aura de la materialidad de la su trabajo, el llamado que se instala desde las practicas estéticas contemporáneas es al trabajo colectivo, a la suma de singularidades, tal como lo ha expuesto abiertamente Toni Negri en su teoría sobre el acontecimiento, a la aplicación de una conciencia que va más allá de nuestra propia existencia y reconocer que no estamos solos, pero, mejor aun, que no somos superiores a otras personas cuando creamos ni a otras especies cuando razonamos. Que precisamente la razón, la misma que según cuentan es nuestra ventaja frente a los demás seres vivos, debe ser usada en un sentido abierto, con conciencia de la libertad que supone, una libertad que se mueva en términos positivos y no negativos, según lo argumentado por el filósofo Isaiah Berlin en su texto “Dos ideas de libertad”[4].

Actualmente ha cobrado relevancia la lógica del Desarrollo Sostenible o Sustentable, uno que se pueda soportar desde el avance de la tecnología ll con el empleo de energías renovables, en contraposición a las fósiles para, de esta manera, no detener el crecimiento económico. Sin embargo, países como, Estados Unidos, por ejemplo, que consume el 25% de la energía fósil del mundo, se ha rehusado desde 2001 a refrendar el Protocolo de Kioto (un acuerdo internacional con el que se comprometen los países suscriptores a reducir las emisiones de gases catalizadores del calentamiento global) firmado por el presidente Bill Clinton en 1997. Según el expresidente George Bush, se tomó en su gobierno la decisión de salir del Protocolo, no porque estén en contra de la disminución de la emisión de gases contaminantes, sino porque consideran el Protocolo ineficiente. Esta actitud del “gran hermano”, uno que aparenta encarnar la idea de libertad para todos, es altamente ventajosa para un modelo de desarrollo convencional, pero para nada amigable con el medio ambiente, con los otros y, a la postre, con la propia sociedad norteamericana.

Ahora bien, hay quienes, amparados en la teoría del caracol de Illich, dicen que no solo basta con hablar y aplicar el desarrollo sostenible, pues el asunto es más complejo de lo que parece y necesariamente hay que comenzar a apropiar iniciativas radicales para frenar de un tajo la posibilidad de la catástrofe que significaría seguir sumando “espiras a la concha”. Serge Latouche, profesor emérito de la Universidad de Paris-Sud 11, ha enarbolado la lógica del Decrecimiento Económico. Se trata de una manera nueva y revolucionaria de pensar, desear y existir, una que es tajante e intransigente con cualquier noción o tipo de crecimiento. En resumidas cuentas, estamos hablando de una corriente activista, de un nuevo pensamiento de orden político y económico que busca disminuir de forma regulada la producción con miras a entablar una relación equilibrada entre el ser humano y la naturaleza.

Según dice Latouche, “La consigna del decrecimiento tiene como meta, sobre todo, insistir fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento […] En todo rigor, convendría más hablar de “acrecimiento”, tal como hablamos de “ateísmo” (Latouche. 2008). El postulado concreto es que resulta imposible, en medio del crecimiento demográfico, solventar un proceso amigable con el medio ambiente que posibilite su conservación efectiva; e incluso, va más allá, cuestionando los modelos desbocados de incitación al consumo en el que vivimos, los que están definitivamente lejos de una línea que concilie una noción lógica, ética y estética de bienestar para todos. En este sentido, “El reto estaría en vivir mejor con menos”(Subiria. 1995).

Como se puede observar, en la lógica propuesta por los decrecentistas el deseo se torna razón Y, en consecuencia, las prácticas de consumo se verían reducidas a la satisfacción misma de las meras necesidades, sin sacrificar la calidad de vida; por el contrario, se buscaría ampliar la producción poietica a través del incremento del tiempo de ocio, pues la fórmula necesariamente terminaría por decrecer también la ocupación humana en la producción material, volcando el excedente en tiempo para el disfrute del deporte, de las artes y, en fin, de todo cuanto se dirija al cultivo del intelecto. Según esta propuesta, la calidad de vida no estaría ligada para nada al consumo desmedido de recursos; por el contrario, y según dicen, la única fuente de donde puede provenir un bienestar real es la satisfacción de las necesidades humanas básicas: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, identidad, libertad, ocio, participación y creación.

Esta política renovadora, la cual no deja de ser ciertamente utópica, aunque para nada descabellada, recurre a un cambio de paradigmas, cifrado en su propia intención, pues la propuesta, según cuentan, no es un fin en sí mismo, no es una meta, si no, más bien, un camino a seguir. Para lograrlo han sugerido cambiar el prefijo Hiper del patrón capitalista por el modelo 8R. La idea es dejar atrás la hiper-actividad, el hiper-desarrollo, la hiper-producción y la hiper-abundancia, nociones que solo denotan sobrexplotación, exceso o exageración. En su remplazo, estarían las expresiones: revaluar, re-conceptualizar, re-estructurar, re-localizar, re-distribuir, reducir, reutilizar y reciclar, principios o pilares de un proceso que ya ha comenzado y que denota, en contra de toda lógica de un desarrollo, que siempre quiere ir más rápido, subir más alto o durar más tiempo, establecer la repetición y el retroceso.

En consecuencia con lo hasta ahora expuesto, y para terminar, voy a retroceder hasta el principio. Justo a mi lado, aquí en la mesa donde escribo, que es a la vez mi comedor, tengo una bolsa para ir al mercado; es pequeña; sin embargo, esta tarde logré traer sin bolsas plásticas algunos víveres que necesitaba para cocinar. Es una jíquera de tela cruda que me regalaron en Lugar a dudas (un espacio independiente de la ciudad de Cali, que promueve iniciativas artísticas desde una perspectiva que privilegia el trabajo colectivo) y que a la vez fue el devenir de un proyecto de su Vitrina, realizado en 2009. Lo especial de este sencillo, pero no por eso menos honesto accesorio, es que cuenta con una impresión serigráfica a dos tintas. Una mano derecha, sostiene, entre el dedo cordial y el pulgar, una pequeña tarjeta que dice en castellano, esta vez con letra blanca sobre un fondo rojo:

“Compro luego existo”

 

[1] “… vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; pero la tierra permanecerá para siempre “.

[2] Las ciencias sociales emplean actualmente el término subalternidad para referirse a grupos sociales o segmentos poblacionales marginados por su condición sociocultural. Este concepto, que ha remplazado el de multiculturalismos, fue acuñado por Antonio Gramsci dentro de la corriente teórica del post-colonialismo.

[3] Las practicas estéticas contemporáneas son actividades que superan la instancia misma del arte; esto se da con fenómenos organizacionales que se valen de actividades propias de las manifestaciones artísticas en diversas líneas discursivas y disciplinares, al punto de desplazar sus motivaciones a los fenómenos propios de la cultura.

[4] Según Isaiah Berlin la libertad positiva es la capacidad de cualquier persona a ser dueño de su propia voluntad, y de solventar cualquier decisión que tome, así como su propio destino; esta es la noción de libertad como auto realización. Esta idea de libertad es complementada con la negativa, que confiere al individuo la capacidad de ser libre de hacer lo que bien le plazca hasta que algo o alguien se lo restrinja, se cual sea el carácter o naturaleza de sus acciones.

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