RE:BANDERA surgió como un evento relevante para marcar los 500 años de la creación del término Utopía por Tomás Moro. El curador/artista Santiago Rueda y la gestora/artista Olga Robayo (directora del espacio de residencias El Parche) se unieron al equipo de MaMa para seleccionar 26 artistas visuales colombianos, e invitarlos a crear una bandera que representara sus propias utopías y visiones dentro del contexto actual colombiano.

 

Aunque cambiemos de color las trincheras
y aunque cambiemos de lugar las banderas
siempre es como la primera vez
      Por Santiago Rueda

Quizá no haya habido un mejor momento como el actual, para volver a pensar los símbolos patrios,  la bandera, el himno nacional, el escudo, en síntesis la imagen y la idea misma de patria.  En este momento, la necesidad del perdón y de la razón, la esperanza de la paz y a la vez los miedos y ansiedades que envuelven todo el proceso con las FARC y que aparentemente  llega a su fin, se han vuelto más presentes que nunca, al menos para la generación que no conoció los procesos de paz conducentes a la constituyente de 1991.

Iniciado antes de la firma definitiva del cese al fuego, y de una manera quizá premonitoria, el proyecto Re:Bandera saltó hacia el futuro, interrogó el estandarte y los colores nacionales, y puso de presente la noción misma de patria, pero no de la patria tradicional, sino de la patria entendida según la noción de Michael Hardt  y Toni y Negri en Imperio, es decir una patria construida partir de la solidaridad, de la amistad, de los sentimientos comunes, de los vínculos de afecto y comunicación, del amor a la tierra misma.

Como antecedentes a este proyecto que interroga la bandera nacional, se puede pensar en la reinterpretación del escudo patrio en las artes nuestras, que empieza quizá con Alfredo Greñas y su icónico y fantástico Escudo de la regeneración (1890), una xilografía que se publicó en el periódico El Zancudo el 20 de julio de 1890, día en que se cumplían 80 años de la independencia, donde un buitre muy chulo reemplaza al cóndor, donde una calavera y dos tibias remplazan el gorro frigio, donde un caimán se come al canal de Panamá, y donde nueve calaveras que remplazan las estrellas, enmarcan al símbolo y corresponden a las víctimas de la regeneración, el proceso retardatario del presidente Rafael Núñez. El escudo a lo largo del Siglo XX fue reinterpretado y siempre con una visión crítica por artistas como el gran caricaturista de primera mitad de siglo Ricardo Rendón, por el pintor Juan Cárdenas, el caricaturista Pepón y el artista conceptual Bernardo Salcedo, con su obra Primera Lección, esta última reinterpretada por Jaime Tarazona, artista participante en Re:Bandera. No sobra entonces mencionar que el Escudo Nacional también fue interpretado por otros artistas presentes en Re:Bandera, como Fernando Arias y Chócolo. La bandera en sí ha sido también un motivo cuestionado y aprovechado por los artistas, y se recuerdan las pinturas de Edgar Silva de mediados de los 70 y una bandera presentada por Augusto Rendón en el Salón Nacional de 1994, aunque el llamado tricolor nacional aparece recurrentemente inserto en innumerables obras recientes, pero no como motivo único, en lo que Re:Bandera hace la diferencia.

Pero en esta ocasión los 26 en la 26 responden a un llamado a imaginar la utopía, en conmemoración a los 500 años del libro de Tomás Moro. Quizá no sea sorpresa que los artistas en su mayoría hayan renunciado a una visión propiamente utópica y feliz del futuro y se hayan concentrado en los graves problemas de hoy. Contrasta quizá que el grupo escogido constituya una reunión de voces que no tienen mayor interés en la ilusión mercantil del llamado boom del arte colombiano, y su trabajo se aleja del canónico y a veces inofensivo buen gusto del arte colombiano. Se reúnen acá artistas que han desafiado límites con coraje y que han abordado temas difíciles como la exclusión racial, la ilegalidad, la producción, el tráfico y consumo de la llamada sustancias ilícitas y de las plantas prohibidas, los problemas de género, la sexualidad, la pornografía,  el dogma católico, la opresión política y la corrupción. Algunos de ellos han sido censurados y no pocas veces, ignorados, negados, invisibilizados y evitados por el no tan librepensador medio del arte colombiano.

Son artistas que viven en un país donde el modelo económico, basado en el modelo extractivista energético y minero, y que está causando enormes irreversibles daños al medio ambiente, no cambiará a pesar de las negociaciones de paz y solo profundizará en las verdaderas razones del conflicto: la exclusión, expulsión y marginación histórica de la población. Un Estado que ha anunciado que no sólo mantendrá sino que acrecentará la fuerza militar, sin saberse muy bien a qué se dedicará.  Son artistas que viven en un estado que reprime cruelmente casi cualquier forma de protesta civil, no pocas veces con sus organizaciones clandestinas, un país donde se castiga y reprime a las organizaciones sociales, campesinas, laborales, y que en manos de funcionarios de alto poder y extremistas, la ha emprendido contra otras nuevas formas de resistencia, como las comunidades LGBTI, los opositores y disidentes políticos, los jóvenes, los artistas que parodian las custodias coloniales, las organizaciones de defensa de las mujeres y las personas que no profesan el credo.

Ahora bien, todas estas dinámicas actuales no pueden dejar de ser vistas en el contexto internacional, y específicamente continental, donde vivimos el rearme de una extrema derecha que ha propiciado un golpe de estado encubierto en Brasil, en favor de intereses similares, es decir multinacionales, que van en contra de la sociedad civil, y que se expresan también en el nuevo gobierno argentino, que ha permitido la implantación de bases militares de los Estados Unidos en su suelo.

La utopía de los artistas colombianos entonces se ve cruzada por la indignación, el rechazo mismo a los símbolos y oficios del Estado. La utopía se desplaza por una denuncia frente el monstruoso poderío económico de las multinacionales asociadas a las excluyentes élites nacionales, y que ven como botín de guerra los recursos naturales y humanos que quedan liberados y disponibles después de la firma definitiva de la paz. Las banderas cuestionan el colapso de la justicia colombiana, quizá la mayor causa de permanente conflicto civil en que vivimos. Y las banderas miran con nostalgia el pasado y con escepticismo al futuro. Se inscriben en causas que buscan hacer justicia y reconocer a las llamadas minorías, sean estas étnicas, sociales y/o culturales. Otras buscan partir de los tres colores primarios del estandarte, para indagar sobre la historia misma del tricolor y su pasado, y a partir de sus simples elementos jugar por decirlo así y reordenar algo tan básico como los colores primarios. Otras cifran mensajes religiosos, biológicos y políticos no fáciles de descifrar en una primera lectura. Otras usan palabras para lanzar frases contundentes y no pocas veces enigmáticas.

A la vez, las banderas, en su diversidad permiten augurar que  larga noche de la paz no deja de contener y presentar  rasgos de esperanza que quizá no sean del todo utópicos y que tienen bases reales. El llamado al buen vivir y a recordar a nuestros héroes legendarios hacen parte de este sentimiento de orgullo y esperanza, y se fortalece por nuestra inmensa capacidad de aguante, de flexibilidad y de capacidad crítica también, frente a las diferentes formas de violencia y criminalización de la que hemos sido víctimas, dentro y fuera de nuestras fronteras.  Ojalá esta fuerza, en el futuro incierto que tenemos delante, genere una nueva realidad y empuje las fuerzas sociales que por tanto tiempo han estado castigadas a ocupar un lugar digno y verdadero en nuestra patria.  Que sean ellas entonces las que enarbolen las banderas, y creen nuevos signos, que no sólo busquen la retaliación y la acusación, sino que sienten las bases para crear una nueva idea de realidad, liberen las fuerzas amarradas y propicien mejores sentimientos en nuestros vínculos y relaciones con los demás, esencia misma de la convivencia.

Santiago Rueda

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